Mira hasta donde hemos llegado, querido amigo.
Discúlpame que te diga querido, sé que piensas que son estupideces,
que soy muy sensible, pero permíteme decirte que te quiero.
Y es que enumerar todas las cosas que hemos pasado juntos me
llena los ojos de lágrimas, desde la primera vez que mis manos pequeñas y frías
estrecharon tus manos, y empezamos a andar por el mundo como dos locos errantes,
viviendo rápida y desmesuradamente; las tardes jugando pelota, meternos cabe,
mentarnos la madre y ser hermanos luego de tomarnos una gaseosa al finalizar la
pichanga, siempre sucios, con la ropa rasgada, sudando y llenos de tierra.
Las bromas, las fiestas, las caminatas interminables, tus
historias sobre Sonia, Raquel y Sofía, te recuerdo hablándome de Clara, y se
cuenta desearías volver atrás para pedirle perdón por lo huevón que fuiste con
ella, supe cuando tu cordura se fue a límites al enterarte que era feliz con
alguien más, y como fuiste un completo imbécil con ella cuando te la volviste a
topar, triste, frágil y delgadita con Anita, su niña, bastante enferma; aún después
de esos años estabas dolido, te dolió su alegría, te dolió su pasividad, te
dolió ver la comodidad que le dio ese hombre, te dolió su mala decisión, y te
dolió aún más el sentir aún que hubieras muerto por verla feliz a tu lado y jamás
las hubieras abandonado y a esa niña , esa niña que hubieras querido que fuera
tuya.
Y tu de seguro recuerdas a Olga, mi Olguita; esa mujer por
la que pasé tantos años envuelto en el más dulce y adictivo amor, cuan paciente
era cuando nos emborrachábamos cantando abrazados hasta la madrugada, como les
decía a los niños desde la puerta de su cuarto “shhh, no hagas buya cariñito,
tu papá se va a despertar”, cuando los niños caminaban en las mañanas, en la
danza ritual y feliz para ir al colegio, con sus pasitos rápidos; y tu y yo,
teníamos que lavarnos las caras para irnos a trabajar; recuerdo que Olguita,
nos despedía siempre dulce, siempre sonriente al decirte “cuídese compadrito,
que Dios me lo guarde”, pero al regresar por la noche a casa, me esperaba hecha
una fiera, por habérmela pegado y no ayudarla a alistar los niños para ir al
colegio, ¡que bella mujer era esa! Y cuanto me perdonó, luchadora la negra, luchadora
hasta el último día; recuerdo el día en que esa maldita enfermedad me quitó a
mi negrita, verla tan frágil sin su hermosa cabellera marrón, diciéndome que
cuide bien a sus hijos, que los entienda, que son bien traviesos y jodidos, pero
que les tenga paciencia ya que nos es fácil quedarse sin mamá y que nunca los
deje de querer, me lo decía como si me pidiera un favor la pobre, como quería
mi negra a los chibolos, me decía que ella los extrañará mucho que desde donde
esté cuidará de ellos y de mí; que siempre fui el amor de su vida, y entre tanto
bla bla bla, se quedó quietita, muda… y sus ojitos se cerraron, y supe que ya
no estaba conmigo. Cuan perdido me sentí sin ella, cuando me costó acostumbrarme
a ver solo por mis hijos, peinar todas las mañanas para ir al colegio a Claudita,
peinarla bien aunque no me podía comparar a Olguita que dejaba bien chinita a
la bebe con las colas de caballo que le hacía en la cabeza, intenté hacer lo
mejor que pude, y tu estuviste conmigo en algunos momentos, hasta para ir al
mercado a hacer las compras porque yo era bien bruto, y nos matábamos de la
risa cuando alguien pensaba que éramos maricones, entonces tú me decías que es
que esos imbéciles no sabían que era, que un hombre crie a sus hijos solo.
Cuantas cosas hemos vivido juntos, la bancarrota y yo quedándome
hasta tarde para ayudarte a ordenar los papeles de tu empresa, contando los
últimos centavos para regresar a casa y volviendo al día siguiente a trabajar contigo
con mi táper de comida en el brazo y uno para ti, porque estábamos misios, y
porque tú no sabes cocinar, tus gracias infinitas con una sonrisa de oreja a
oreja, y tus visitas a la casa cada navidad, donde eras el tío más querido, y
el alma de la fiesta, con tus historias interminables, que a mí francamente me
causaban envidia, porque los chicos se quedaban prendidos de ti y a mí ni caso
me hacían, creo que tú hubieras sido mejor padre que yo.
¿Recuerdas la vez que enfermaste?, y yo iba religiosamente
todos los días al hospital en la tarde para sacarte en tu silla de ruedas a
tomar el sol; “Ya me quiero morir Fernando, estoy cansado de esta vida de
mierda”, y yo hacía como que no te había escuchado, y te contaba la última
travesura de mis chibolos.
Ahora me tocó a mí, Ramiro; ahora me tocó a mí, estar solo
en esta silla del asilo, donde siento que en cada suspiro se me va la vida, y
que estoy cada vez más cerca de reunirme con mi cholita, no se porqué no vienes
a verme, quizás mis cartas no te llegan, quizás has cambiado de dirección, quizá
te mudaste viejo, o quizás y peor aún tú también estás enfermo, yo no quiero
pensar que te olvidaste de mí.
Espero verte pronto, me parece viejo que ya no tengo mucho
tiempo.
Te estima, tu amigo Fernando.
-La última carta de Fernando hacia Ramiro, su amigo de toda
la vida, curioso es saber querido lector, que de alguna manera ambos se
encontraban juntos en el mismo asilo, ambos muy cambiados físicamente por los
años detalle que no les permitiría reconocerse, Ramiro con un Alzheimer ya muy
avanzado, no recordaría ya nada de lo sucedido con su amigo de antaño.
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