Estoy condenada a mirarme en el espejo de Horacio.
Él me mira y se ve a sí mismo con un deseo inflamable de poder hacerme a su manera, a sus reglas y a su intelectualidad ensayada.
No puede alejarse de mí, porque lo que le repugna de mi ser es lo mismo que lo mantiene enganchado como una droga barata y estúpidamente adictiva.
Él experimenta a través de mi fracaso, que es sentarse en el lodo y poder ensuciarse los zapatos.
Lo dimensiona, lo analiza, lo detesta.
Su mirada a mi vida es su safari, y yo soy una fiera indomable y encarcelada a la vez en la libertad de su propio autoconocimiento.
Pero a la vez no puede dejar de observar al animal completamente salvaje y majestuoso que representa la libertad que él nunca se atrevería a tomar.
Porque él no está hecho para eso.
Porque para mí es una maldición con la que nací de fábrica.
Él no entiende que la coreografía de mi mente es una ruta habitual del ser que es mío y solo mío. Civilizado y temeroso, intenta tocar mis manos para absorberse en una frialdad que lo adormece y lo asusta.
Él me interpreta bajo su óptica rebosante de negación, pero no puede evitar dejar de mirarme.
Ojalá y pudiera.
Pero sé que no lo hará, porque al humano le gusta lo sórdido, y yo nací embarrada hasta las pestañas.
Entonces el en esencia para mi, es un visitante inesperado que observa a través de la ventana de su curiosidad y sus propios demonios,
Y yo no me llamo Maga, no he hecho ningún acto sorprendente, solo tuve el tino de poder capturar su atención por un espacio eternamente prolongado por él mismo.
Mi vida es absolutamente miserable, más que la suya, que también sufre día a día.
"La Maga" es el nombre él me da para materializar una fantasía que no existe.
Yo me llamo Lucía, o más bien Rita.
Y soy un ser profundamente roto que disfruta de sufrir, reconstruirse y cambiar.
Que teme profundamente, pero que también ama con furia y posesión que no absorbe y, a la vez, ejerce una atracción destructiva como un agujero negro en expansión.
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