Has aterrizado en mi mente con un visitante inesperado.
Querido y temido autoconocimiento, me has encontrado profundamente adormecida entre sueños
Non serviam... me has susurrado.
Te has materializado entre mis oscuros sueños.
Llevabas un nombre, mi mente no es tan tonta como para recodarlo.
Tu cuerpo mantiene mi deseo intacto y ajeno, me estiro, te alcanzo con las yemas de mis dedos a esa tu silueta oscura y poderosa.
Eres mi reflejo distorsionado.
Y me haces creer otra vez, en esa magnífica locura infinita que le da nombre a mi ser.
Es que está bordada en mi alma para no perderme en el absoluto vacío de la insignificancia.
Te respiro, mi obsesión se teje entre tu onírico cabello.
Y se que no existes, miro mis uñas lastimadas producto del trabajo agotador, de la rutina, del tiempo...
Pero en ese espacio fantasmal mis dedos son blancamente perfectos e inmaculados.
Tu sostienes mi mano, sin mirar mis ojos, y eso me fascina.
Tu ausencia es el único lugar donde me encuentro.
Querido fantasma no eres más que un proyección libertina de mi cárcel mental, un despertar abrupto de mis fantasía más reprochables.
Si pienso en ti de carne y hueso, el encanto desaparece.
Eres una sensación congelada en el espacio y tiempo.
Un suspiro, una negativa.
Una noche desvelada
Un espacio intangible
Una copa rebosante, un corazón agitado.
No hay más porque explicar es darle tela a aquellos que temen.
El egoísmo de sentirme tan mía lastima, pero es un precio que debo pagar por no perderme en el anonimato propio, ese al que más le temo, ese que me impide ser una maldita idiota, irresponsable e inconsciente.
Podría ser una maldita idiota para mis adentros, y ser la mujer más ejemplar y abnegada eternamente.
Pero no quiero, prefiero acurrucarme en lo prohibido para acariciar tu cabeza, permanecer, mirarnos y saborear la suciedad, las heridas, observando con admiración la escena patética con la expresión fascinada de quién aprecia el milagro de estar viva.
Como quién no desea recordar su historia escrita en un libro de catecismo.
No pretenso ser la mujer más llorada en su velorio.
"Era tan buena...", dijeron cuando anunciaron mi muerte.
"Era tan egoísta", pensaron los que realmente me conocían.
Y al final, la única persona que sabía lo que en realidad pasaba permanecía dentro de una caja.
Me gusta la oscuridad, me gustan los espejos, me gusta el humo, me encanta el whisky, me hipnotiza el peso de tus manos inexistentes alrededor de mi cuello, alrededor de mi cintura.
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